Therians
Identidad y límites
Greyson Gómez
2/22/20262 min read

En los últimos años ha ganado visibilidad un fenómeno que, aunque minoritario, plantea preguntas de fondo sobre identidad, sociedad y responsabilidad colectiva: los llamados therians, personas que afirman identificarse total o parcialmente como animales no humanos. Para algunos se trata de una forma legítima de autoexpresión; para otros, de una confusión conceptual que merece un análisis serio y sin caricaturas.
El punto de partida debe ser claro: toda persona merece respeto y dignidad. Nadie discute eso. Sin embargo, el respeto no obliga a suspender el pensamiento crítico ni a aceptar sin cuestionamiento cualquier afirmación sobre la realidad. La libertad individual tiene un marco: la realidad objetiva, la convivencia social y las consecuencias prácticas de lo que se normaliza como válido.
El primer problema surge cuando se pretende equiparar una experiencia subjetiva con una condición objetiva. Sentirse de determinada manera no transforma la naturaleza biológica ni jurídica de una persona. La identidad humana no es una construcción arbitraria: tiene bases biológicas, sociales, culturales y jurídicas que permiten la vida en común. Diluir esos límites no es un acto de tolerancia; es una renuncia al criterio.
Un segundo aspecto, más delicado, es la tendencia a exigir validación institucional de estas identidades. Cuando se reclama que la sociedad, la escuela, la empresa o el Estado adapten normas, lenguajes o responsabilidades a una autopercepción animal, se cruza una línea peligrosa. Las instituciones existen para ordenar la convivencia entre personas, no para administrar identidades simbólicas sin anclaje en la realidad.
También hay un riesgo evidente de banalizar los problemas reales de salud mental. No toda experiencia identitaria extrema es patológica, pero negar que algunas puedan ser expresión de conflictos psicológicos profundos tampoco es responsable. Convertir cualquier cuestionamiento en “discriminación” bloquea el acompañamiento profesional y empuja a las personas a refugiarse en comunidades que refuerzan la desconexión con la realidad en lugar de ayudar a integrarse en ella.
Además, hay un impacto cultural que no puede ignorarse. Cuando se relativiza todo, se termina relativizando nada. Si cualquier autodefinición es incuestionable, el lenguaje pierde precisión, el derecho pierde coherencia y el debate público se vuelve imposible. No se construye una sociedad libre sobre la base de ficciones obligatorias.
Esto no es un llamado a la burla ni a la persecución. Es una invitación a recuperar una distinción esencial: respetar a las personas no implica validar todas las ideas. Se puede acompañar sin afirmar, escuchar sin legislar, comprender sin renunciar a la razón.
La verdadera inclusión no consiste en decir que todo es lo mismo, sino en reconocer diferencias sin perder el marco común que nos permite convivir. Y ese marco, guste o no, parte de una premisa básica: somos personas, vivimos en sociedad y compartimos una realidad que no se redefine por autopercepción.
Greyson Gómez / Director Coafico



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